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Ver el mundo con otros ojos

El hecho de haber cambiado mi forma de ver las cosas de una manera tan repentina, me hace afirmar con más convicción eso de: “nunca digas: de esa agua no beberé”.

Todo empezó la noche del 15 de mayo de 2010. Viviendo en un país tan carnívoro y dependiente de la industria ganadera como España, habiendo huido siempre de los vegetales desde pequeña y teniendo en aquel momento apenas quince años recién cumplidos, jamás habría imaginado acabar en una posición tan opuesta a la que sostenía. Recuerdo ese día con mucho cariño y de una forma muy especial, ya que el conflicto que se originó en mi fue tan fuerte, que no necesité tomarme un tiempo para dejar la carne, ni siquiera un día; en un arrebato de rabia y una sensación de iluminación tras llevar mucho tiempo viviendo cegada, dejé la carne sin pensarlo y aun sin saber nada de cocina vegetariana.

Mi primer contacto con el vegetarianismo se había dado unos meses antes, gracias a mi prima Kelly. Si bien es cierto que siempre había disfrutado del contacto con otros animales y rechazado las corridas de toros, nunca me había planteado el hecho de verlos como amigos a los cuales estaba utilizando sin ningún tipo de compasión. Además, mi forma de vivir hasta entonces había sido dictada por mis padres, de modo que no me cuestionaba nada y mi campo de visión respecto al resto de especies no se situaba a tal nivel de igualdad.

Nunca me había interesado el vegetarianismo, nunca me había informado al respecto y nunca me planteé el cambiar mi forma de comer. Sin embargo, el hecho de saber que un miembro de mi familia era vegetariano me impactó de tal forma, que sentí la necesidad de informarme cuanto antes sobre el tema.

“¿Por qué mi prima habrá decidido rechazar el consumo de carne?” -me preguntaba una y otra vez.

Busqué libros, razones, vídeos, entrevistas, testimonios, imágenes… Busqué gente con quien hablar del tema y según crecía mi curiosidad, mi convicción se hacía más fuerte e inquebrantable.

Pero el cambio definitivo se dio al ver un vídeo que hasta el día de hoy no he conseguido reencontrar, tal vez haya sido eliminado. En él se trataba el tema del vegetarianismo de una forma accesible a cualquier persona, se acercaba al espectador a la problemática ambiental, a las alternativas alimenticias y a la realidad en los “campos de concentración” ganaderos. El dolor y la impotencia me invadieron, pero aún más la rabia, la determinación y las ganas de cambiar esa realidad.

Es curioso, porque justo esa noche el plato de cena era mi favorito: San Jacobo. Un plato que lleva jamón.

Bajé a cenar y con una expresión de tristeza en los ojos, le dije a mi madre que no volvería a comer carne, que no quería cenar. Ella consiguió convencerme para que, al menos mientras me informaba de los sustituyentes y alternativas, comiera al menos atún. Y así fue durante los cuatro primeros meses. Después, mi forma de ver las cosas no me permitía ver un plato de carne sin imaginarme la vida que ese animal habría llevado antes de convertirse en un producto, en un objeto.

Recuerdo el día siguiente. Ese viernes llegué al colegio escandalizada e informando a mis compañeras de clase de todo lo que había visto, pasándoles incluso el vídeo que había visto la noche anterior. Todos a mi alrededor me contradecían, todos me tachaban de loca adolescente idealista. Pero lo peor no era eso -ya que para mí lo más importante no era la opinión de los demás-. Lo peor era ser partícipe de tan injusta realidad, ser observadora pasiva, tener que ver cómo cada día mi familia en casa comía carne, sin poder yo hacer nada al respecto.

Hoy en día, tras una infinidad de debates y desacuerdos, la carne ha desaparecido en mi casa prácticamente. Lo que comenzó siendo una adaptación a mi forma de alimentación para no tener que preparar varios platos, ha terminado siendo una inconsciente transformación en la dieta.

Agradezco infinitamente a mi prima Kelly y a mi curiosidad por haberme llevado a esta bonita perspectiva. Porque, aunque el mundo no lo crea, llegará un día en que el consumo de carne deje de ser una opción. Porque el ser vegetariana me ha hecho partícipe de hermosas experiencias, me ha dado la oportunidad de conocer a gente maravillosa, ha extendido al máximo mi círculo compasivo; y me ha proporcionado una lucidez que impregna cada día más mi experiencia de vida.

Sé que puedo hacer mucho más para cambiar esta triste realidad y que aún queda mucho por hacer, por eso me alegra el saber que no soy la única, que tantas personas en el mundo comparten esta visión, que cada día somos más y que esa empatía y comprensión que siento al mirar a los ojos a cualquier animal, es algo que crece imparablemente y me alimenta por dentro cada día.

¡Cabe destacar lo bien que me he sentido desde que dejé la carne!

oki

 

 

Clara Isabel Blanco C.

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