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Una sobre loros.

El viejo Paul lo dijó hace rato: “Si los mataderos tuvieran paredes de cristal todos seríamos vegetarianos”. El tipo de las clavijas dio en el clavo: Comemos carne, de la forma y en la cantidad que lo hacemos, porque no vemos cuando matan al animal. Hasta el más empecinado carnívoro deja de comer tanta carne cuando le toca matar el mismo a la criatura, cuando no es que se hecha para atrás de una vez. Hoy, varios añitos después, le tenemos una mala noticia para Paul: todavía la carne se procesa lejos y, aunque quizás la crueldad del consumo de carne es cada día más evidenciada, todavía es muy fácil hacerse el de la vista gorda.

Siguiendo el clamor del cantante de liverpool, podemos decir que si los animales hablaran la cosa sería distinta. Ante una constante y articulada defensa de las gallinas lo pensaríamos un poco más, o quizás cuando un inteligente cerdo nos recuerde a nuestro Firulai o a nuestro hijo de tres años demostrando que tiene tantas o más habilidades que ellos, ya no mataríamos tan facil. La realidad es que sólo tenemos los loros. Pero eso, aunque pintoresco, la verdad es que no logra nada. No es suficiente. No es suficiente que hablen, ni que se quejen ni que den muestras de dolor, ni que su mirada tenga vida. Para aquel que no quiere ver hasta los gestos más evidentes de que los animales están con nosotros para cosas mejores que comérnoslos serán inútiles.

Pasó hace poco en nuestras narices: El loro Frankje del fallecido ciclista Scarponi se quedó a esperarlo en la esquina de siempre aún varios días después con la idea de poderlo acompañar una vuelta más. El hecho fue difundido en las redes sociales pero todavía sin hacerse el vínculo obvio entre ese lorito y la vaca, el pollo o el marrano que nos ponen en la mesa. ¿Para que permitir que los animales nos ayuden a desarrollar sentimientos de amistad, alegría y lealtad si se pueden comer?

loro Scarponi

La verdad es que no son las habilidades de los demás lo que nos hace sacarlos de nuestra mira. Si así fuera no habría tal matanza entre humanos tampoco. Es la utilidad, (una utilidad que ni siquiera es bien medida, como lo vemos en el caso del ciclista a quien le dio mucha más alegría su compañía en los recorridos que la que le hubiera dado si una mañana le da por cazarlo y comérselo, porque el hambre la puede paliar con muchas otras cosas, un buen compañero es más difícil), es la utilidad, decimos, esa torpe utilidad, sumada a una ventaja en poder con la que medimos nuestro alrededor lo que nos justifica para matar si es necesario. Y por eso es justo ahí donde se puede encontrar la clave para las guerras, cuando no sea mi ventaja en poder y utilidad la que gobierne mis decisiones sobre a quién mato y a quién no. Se podría empezar ya mismo, sin tenerlo que discutir ni pactar con nadie,  con lo más sensato y práctico, dejando de matar animales. Desde Rusia Tolstoy sentenció hace ya varias décadas: “Mientas hayan mataderos habrán campos de batalla” Y a juzgar por los mataderos y los campos de batalla no se equivocó.

Claro, es verdad que podemos seguir haciéndonos los desentendidos sobre el maltrato animal y hablando de guerra y crueldad evitando el tema. Pero la situación por más que la querramos adornar no mejorará. Parece que los golpes de la realidad pueden siempre re interpretarse, tal como el loro (para seguir con el ejemplo) que gritaba “Soy el rey de la selva, soy el rey de la selva” hasta que llegó el león le dio tremenda paliza lo dejó inconsciente y lo metió en una jaula. Cuando el loro se despertó dijo: “Uy, cómo habré dejado al León que hasta me metieron preso”

Scarponi y su loro

Alejandro Arango

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Por: Sandra Gómez. Activista de la Revolución de la cuchara desde 2014.