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Ni mata, ni engorda.

El título no hace referencia al consumo de carne, no podría, porque ese consumo sí mata (y también engorda). El título se refiere al salario mínimo, que ni mata ni engorda, es decir nos mantiene ahí no más.

Cuando uno habla con algún estudiante de Ingeniería de alimentos o de Ingeniería agropecuaria o administración de empresas muchas veces se quejan (hasta que se acostumbran), de cómo les enseñan a pensar de forma tan sistemática e insistente en cómo llevar la producción al máximo: “Encuentra una forma en que se pueda producir más y sé feliz”, bueno feliz no, pero por lo menos millonario (Si algún otro no te roba la idea). De ahí que no sea difícil imaginar qué hacen en la escuela de economía y con cuánto cuidado deben planear el tema del salario mínimo. Lo hacen con cuidado y tiene éxito en llevar el asunto a la máxima producción, de manera que (y la prueba es el estado de cosas que vemos a diario) las personas ni se puedan salir del estado en donde están ni se mueran (al menos no muy rápido). Sin poder salir de una deuda, sin tener que entrar en otra, sin poder lograr aquello que es básico para vivir sin ansiedad, como una casa por ejemplo, algo que los indignados en España descubrieron y resumieron diciéndose unos a otros y usándolo como slogan: “No vas a tener casa en tu puta vida”. No casa, pero si alquiler y toda la bendita vida. Cuentan que eso de pagar por el lugar donde uno vive, pagar por la tierra para poder vivir, cuando todos nacimos acá, fue uno de los asuntos que más sorprendían a los Mapuches en Chile, cuando recién llegaba el invasor con su nuevas y extrañas ideas de progreso y de cómo vivir.

El plan pues, es perfecto, calculado está de que te puedes enfermar, y cuánto te puede valer la medicina, calculado está cuándo estrenarán alguna buena película, o quizás no buena, pero sí aparentemente buena, y en cuánto te tocará pagar por verla, calculada tu ropa, los cuadernos para ir a estudiar, las vacaciones, el precio de la papa, todo y si hay algún problema hacemos que la los bancos tengan programas de crédito más flexible o algún truco con el dolar o así.

Se podría escapar y no comprar, y eso ayuda, comprar local, compartir, hacer gratiferias, reciclar, todo eso ayuda, pero el verdadero golpe viene cuando utilizamos la astucia. La astucia que en este caso consiste en dejar lo que ellos piensan que no podemos dejar. Y es no es la comida o la ropa, que de alguna u otra forma circula, lo que ellos están seguros que no podemos dejar son cosas a las que de alguna manera nos han apegado porque nos da un cierto placer o estatus, placeres y estatus no muy duradero ni reales en todo caso, pero promocionados y entregados de manera que no nos podamos resistir. Y acá es donde la carne entra al baile. La carne (junto con el deseo de la explotación sensual del otro, las drogas y los casinos, aunque eso sería ya tema de otro artículo) constituye nuestro elemento sorpresa.

En sus cálculos está que vas a comer carne, que no te va a importar lo que pasa en el campo, ni cómo se pagará tal contaminación, ni como se mueven más los hospitales (después del alcohol y el cigarrillo el consumo de carne es la mayor causa de muertes en el mundo), pero no la carne no las vas a poder dejar…
Piensan ellos…

Miguel Rodriguez

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