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Mi conejo tiene que morir.

A pesar de que mi corazón estuve en caos no sabía como argumentar. Es más, ella me dijo que debería matarlo yo. Me sentí totalmente incapaz y afligido. ¿Qué futuro tendrá este conejo? No sabía vivir libre y nadie lo iba alimentar. Que sufrimiento. Le pregunté a un vecino si él lo mataría. El estuvo de acuerdo y empezó a afilar una guadaña. Me explicó que con esto le iba romper el cuello, e iba ser más rápido. Mi corazón se rompió en pedazos, le deje solo con mi pobre conejito. Escuche sonidos nada gratos y mi traición a mi protegido fue completa. No había disculpa, ni la habrá. Fue uno de los días más triste de mi vida. Lleve el cuerpecito aún caliente del animal a la cocina de mi madre y salio sin más comentario.

El día siguiente podía apreciar su cuerpo asado sin piel en la mesa donde todos se acostumbran a comer. Yo lo vi como había sido. Vivo y afectuoso y yo como monstruo abuse de mi poder contra el. Las lágrimas bajaron de mis mejillas y sali corriendo de mi casa. Regrese muchas horas mas tarde. Para mi asombro el conejo estaba en la mesa igual como antes. Mi madre me dijo que nadie había podido comer un solo pedazo, ni mi padre tampoco, quien quiso obligar siempre a mi hermanita a comerse la salchicha de la sopa. Yo de tonto se los recibía de parte de ella para “sacrificarme” por ella. Nunca pude olvidar mi conejito negro y cuando escuche la primera vez del vegetarianismo le pedí nuevamente perdón a mi compañero y decidí ser activista de mensajes de defensa por aquellos que no pueden decir nada y que nos pueden hacer caer a niveles tan bajos como traidores de una verdadera amistad.

Rainer Stuckwisch Erlangen Germany

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