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La violencia que puedes evitar.

Si todo aquel que quisiera saber sobre cómo llevar una vida sin matar animales tuviese una marca distintiva en la frente, salir a promover el tema de la defensa de los animales sería muy sencillo. Por desgracia por mirar a la cara de la gente uno no puede distinguir si le urge ayuda en su alimentación o simplemente le importan un rábano si los animales sufren o no.

Quien ya dejó la carne, y sólo ha encontrado beneficios en su cambio, le pica la lengua para difundirlo, sin embargo, y quizás por culpa de un par de conversaciones que terminaron más ve un ring de egos, en vez de darse a la tarea de un compartir razonable termina por decir: “allá cada cual”.

Sin embargo, desde la cultura védica, es decir, aquella que representa la cuna de la no violencia o Ahimsa, de dónde podría decirse, el mundo entero aprendió que los animales no se comen, se explica que no difundir algún conocimiento que es útil es también un acto violento. Es decir, no comer animales y haber experimentado lo agradable que es vivir sin violencia pero no compartirlo, es volver a incurrir, de manera más refinada si se quiere, en otro acto violento.

Pero esta pasividad violenta viene no sólo del choque de egos de que hablamos arriba sino de la continua burla y desprecio que recibe de su medio. Y es que cuando se manifiestan cambios sociales inminentes, como es el caso del vegetarianismo, la parte resistente, sintiéndose acorralada, echa mano de lo que encuentra y con uñas, patadas, gritos y supuestas proteínas faltantes, termina por montar una especie de bullying, al “come lechuga” cada vez que puede.

En las cenas de amigos, en la hora del almuerzo en el trabajo, en los paseos, en los asados familiares, el que no come carne es motivo de burlas, no importa que en el fondo todos sepan o sospechen que tiene razón. La cuestión, como en tantas otras cosas, es saber esperar. Concentrarse en el trabajo propio, suena paradójico, pero quien más activismo hace aprende a desesperarse menos con la resistencia de los demás y sabe que en darse cabezazos contra un muro es mejor aprender en alguno casos a darle la vuelta. Sabemos de sobra que no hay defensa ni con argumentos políticos ni éticos ni ecológicos ni de salud que puedan mantener hoy por hoy el hecho de comer animales, pero sabemos también que despertar a alguien que está dormido puede ser difícil, pero despertar a quien se está haciendo es más difícil aún.

Así que pues nada, a trabajar, a cocinar, a imprimir y distribuir información, a hacer fiestas, a organizar muestras de cine y a utilizar toda la imaginación que haya para tratar de defender a los animales, un asunto tan evidente que hay que aferrarse bastante a los ojos cerrados para no verlo.

Es así como muchos no se atreven a ver Heartlings, un documental que de ser más visto y difundido nos ahorraría muchas discusiones sobre el tema, y este artículo mismo, lo resume desde comienzo, exponiendo las etapas de la verdad: primero: ridiculización, segundo: oposición violenta, y tercero (y último) aceptación.

Y así es: de la burla y el alegato, se pasa a un ¨muestre qué es lo que está comiendo¨ terminando por aceptar con el conocido dicho de que “sería muy bueno dejar la carne pero…”.

De ese “Pero..” largo y variopinto es de lo que debe encargarse el vegetariano o vegano, (sin ser y) para no ser violento. No importa si la idea de dejar de comer carne es bien recibida o no, no importa que el hecho de querer no ser violento y abusivo con otras especies te convierte en un bicho raro dentro de la tuya. No hay que adivinar quién quiere o no quiere dejar la carne, en el fondo todos quisieran, sólo lo posponen un rato riéndose de ti. Pero no importa, como dice el viejo y conocido refrán, el que ríe de último, corazón contento.

Miguel Rodriguez

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