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La Riña. Cuento. #JuevesLiterarios

 

Por: ARMANDO ARAVENA ARELLANO

Imagen tomada de: Shutterstock, por Simon Wrigglesworth.

El Negro manoteó semidormido las moscas una y otra vez hasta que finalmente se despertó. Se estiró tan fuerte que se podría decir que en un momento duplicó su longitud. Cuando se puso de pie volvió a hacerlo, pero esta vez acompañó su deformación con un violento sacudón, tan fuerte que amenazó con hacer saltar alguno de sus órganos.

Los oblicuos rayos del sol rojizo del amanecer, comenzaron a traspasar el cerco y a clavarse por las rendijas de la vieja casa de madera y adobe, que porfiadamente se mantenía en pie hacía varias décadas. Los años habían asimilado su color al de la tierra del viejo callejón de entrada a Putagán.

El Negro buscó con la mirada el balde del agua y luego se aproximó a beber, pero se encontró tan sólo con un sucio y grasiento concho de a lo menos dos días.

El día ya se anunciaba caluroso así que se dirigió de inmediato al único lugar seguro en que podría encontrar agua fresca y limpia; el río.

Saltó con la agilidad acostumbrada – terminando con lo que aún le quedaba de su pereza – la vara que delimitaba la entrada a la propiedad y se dejó llevar por el declive que le daba a su cuerpo la bajada al río.

Al cruzar la carretera se detuvo un instante y se dio vuelta para contemplar el pueblo, que de seguro en ese instante dormía el sueño profundo de la madrugada, tal vez con la certeza de que: “no por mucho madrugar…” podría cambiar la suerte del pequeño caserío. En verdad la miseria se vino a vivir al pueblo hacía muchos años. Quizás la dignidad que poseían como personas, se había instalado en el último carro, de uno de los pocos trenes que melancólicos aún solían detenerse en su derruida estación.

Acaso lo único positivo de ese estado de postración era que nunca se había interesado candidato alguno por visitarlo, por tanto nadie les había creado falsas expectativas ni mucho menos preocuparlos por solucionar problemas que ellos no eran capaces ni siquiera de darse cuenta que existían. Quizás el paso por el pueblo de aquel equipo nacional de esgrima que buscara un lugar en donde descansar del asedio de los medios, pudo ser el único acontecimiento que pudo ponerlo en alguna página del diario.

El Negro se rascó las costillas y su larga sombra sobre el pavimento continuó su viaje hacia el río.

Saltó cuidando de no clavarse las espinas de las ramas bajas de la zarzamora, eludiendo el rodeo requerido para llegar a la bajada. Resbaló levemente en el ripio orillero y un temblor le recorrió todo el cuerpo. Allí estaba. El Rucio rodeado por un grupo absolutamente heterogéneo se veía imponente a la distancia. Su fanfarronería era posible apreciar aun así a la distancia, por el trato que daba a los que se veían más débiles dentro del grupo.

El Negro tardó algunos segundos en recomponerse. Su primera intención fue huir, pero la sed y la sensación de que ya se habían percatado de su presencia lo hicieron cambiar de planes. En ese instante su retirada habría determinado una clara supremacía del Rucio, en la contienda que ambos tenían prácticamente desde su nacimiento.

La excusa de tener que pasar hacia la orilla del río era providencial porque estaba claro que no aparecería él provocando al grupo ni mucho menos al Rucio; tan sólo estaría cumpliendo con dar satisfacción a una necesidad tan básica y elemental como la de “bajar al agua”.

Lo que en definitiva lo convenció fue el hecho de creer que por fin habría una ventaja a su favor, pues era casi seguro que el grupo había andado de juerga toda la noche, en cambio él había cenado temprano el día anterior y dormido plácidamente, como hacía tiempo no lo hacía. Era evidente que en una pelea de largo aliento – como todo el mundo sabía que iba a ser aquella – el estado físico iba a ser un factor decisivo.

Tal como su instinto se lo anunciara, el grupo se paralizó cuando pasó cuidadosa, pero altivamente hacia la pequeña ensenada que el río hacía en esa zona. Sólo algunos, los menos dotados, como siempre, emitieron sonidos que a todas luces eran para manifestarle su transitoria enemistad. Aunque el Negro escuchó aquellas contra-manifestaciones, las consideró como de quien venían y no varió en lo más mínimo su plan original. Tenía claro que aquellos en otras circunstancias no se habrían atrevido ni siquiera a sostenerle la mirada.

Se acercó a las cristalinas aguas y bebió pausadamente. Nunca como en ese instante agradeció tener los ojos a ambos costados de la cara, pues de esa forma podía hacer dos cosas a la vez: beber y mantener la visión del grupo casi completo.

Quizás la única circunstancia que no estaba a su favor era la posición del sol en ese instante. De otra forma se habría dado cuenta, por la sombra, cuando el Rucio dando un salto descomunal se abalanzó sobre él. Ambos cayeron al río en un chapuzón tan sonoro y feroz que acalló cualquier otro sonido que pudo haber salido de la garganta de los contendores.

El Negro desesperado tan sólo buscaba tocar las piedras del lecho del río para hacer pie e iniciar su acción. Realmente jamás la pudo comenzar. El Rucio lo agarró violentamente del cuello y nunca, nunca lo soltó. Es más lo apretaba cada vez más fuerte haciendo saltar verdaderos chorros de sangre que sobre el agua helada de la mañana provocaban breves nubes de vapor.

La pequeña ensenada se llenó de sangre, de pelos y de babas. Cincuenta metros más abajo, en dirección al mar, el río llevó a su orilla el cuerpo exangüe del Negro, que en estertores cada vez menos frecuentes se aproximaba a la inercia.

Nadie del pueblo que viera su cuerpo durante el día demostró mayor impacto por tan difunta presencia… total si había algo que abundaba en el pueblo eran los perros.

CÁNIDO, CHILE.

Dore Zapata

About Dore Zapata

Dore Zapata
Trabajadora Social de la Universidad de Antioquia. Activista de la Revolución de la Cuchara desde principios de 2008.

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