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En fin, ¿Cuál es el problema con la carne?

Hay muchas razones para dejar de comer carne. Y hay muy pocas para hacerlo, sabor y tradición, han sido hasta ahora las más sensatas aunque finalmente también de poco peso para justificar un acto tan nocivo: Hay muchas cosas que pueden saber bueno, como el muslo de bebe frito, o cosas que pueden venir de la tradición como las balaceras en Urrao, Antioquia, cosas que a pesar de los rico o tradicional que puedan ser nos abstenemos de apoyar o realizar por lo nefasto que es el hecho en si mismo. Con la carne es igual, aunque concordamos en que quizás no sea tan evidente.

No es tan evidente porque por un lado los animales los matan y procesan lejos, de manera que por más fuerte que griten cuando los están matando pocas personas los van a escuchar, a lo sumo, sólo quienes se lucran de esa misma muerte y que movidos por sus conveniencias más inmediatas se harán quizás hasta el resto de sus días, los de la oreja mocha, como dicen por ahí. Claro hay excepciones, como el caso de Virgil Butler, un ex-matarife que se volvió activista de los derechos de los animales y cuyo relato de tranformación inicia así:

“Mi nombre es Virgil Butler. He trabajado en la planta de Tyson en Grannis, Arkansas, desde Julio de 1997 hasta el 12 de Noviembre de 2002. He trabajado en el turno de noche en el departamento de recepción como un colgador de aves vivas así como en la zona de matanza”. Parece el relato de una novela negra, pero no lo es, para muchos es un trabajo normal… porque y acá vamos al tercer argumento después de la tradición y el sabor que hace seamos capaces de seguir comiendo carne tan campantes cuando cada bocado contradice nuestro ideales de un mundo mejor, y ese argumento es:

En fin, ¿Cuál es el problema con la carne? Si fuera tan mala ya la abrían prohibido.

Y esa frase que parece tan obvia en un mundo normal, esta equivocada en todos los aspectos en este mundo anormal. Ni todo lo malo esta prohibido, ni sirve mucho prohibir lo malo. El glifosato, y el uso medicinal de la marihuana por ejemplo, son muestras claras del asunto. Prohibir lo primero sería muy oportuno pero de nada valdría, los gobiernos que rocían veneno sobre los ciudadanos que deberían cuidar y proteger no creo que se corten mucho ante una ley… el problema seguro va por otro lado. Darle un uso medicinal a lo segundo es un asunto tan obvio como los gritos de dolor del ejemplo del matadero, y su continuación tiene también la misma explicación: dinero.

Dejar la carne es como vemos un asunto que necesita que nos alejemos de las conveniencias más inmediatas, de precio o prestigio, y es un asunto que va por otro lado. La propia dieta, como lo es todo lo propio bien visto, un asunto colectivo, tiene que ver con los demás y esa mala interpretación de lo propio es lo que nos lleva al fracaso: “¿porque estoy infeliz si he hecho todo para mi propia conveniencia?”, precisamente por eso.

Así como no sirve de mucho prohibir, sirve todavía menos, guiar nuestros criterios de acción por lo que este o no prohibido, en un mundo rápido, donde la justicia va lenta y coja, el único vehículo, rápido, nuestra ambulancia de emergencia se llama conciencia, ese es el otro lado. Claro, escucharla y ejercerla no es tan fácil. Como dicen por ahí si: “Si todo fuera tan fácil como engordar” y no, no todo es tan fácil. Hay que empezar por no hacerse el loco, y claro, es más fácil engordar.

Miguel Rodriguez

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