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Discurso de Antoine Comiti en el día del Orgullo Vegetariano

Decidí dejar de comer animales hace casi tres años.
Cuando todavía comía carne, consideraba que el vegetarianismo era una elección libre y personal de estilo de vida, una preferencia por cierto tipo de comida que no implicaba consideraciones éticas; como un gusto particular por determinada clase de ropa.
Cuando todavía comía carne, creía que la gente normal, de la que yo me consideraba parte, debía tolerar a los que hacían elecciones diferentes, siempre que no molestaran demasiado al prójimo. Y me parecía que ése era el caso de los vegetarianos.
Ahora sé que soy visto de ese modo, de buena fe, por muchas personas de mi familia, amigos y colegas de la oficina. Y no dudo que la mayoría de los que nos ven desfilar hoy, medio divertidos, medio intrigados, pensarán que el vegetarianismo es una mera elección personal.
Sin embargo, si estamos aquí hoy, es para decir lo que no nos atrevemos a decir cotidianamente a los que nos rodean. No nos atrevemos a decírselos porque se enojan con nosotros, porque no son capaces de oírlo, porque no quieren oírlo, así como nosotros no quisimos oírlo durante todos aquellos años en que comimos carne.
Esto es: que decidir seguir comiendo animales no es sólo una elección personal. Es una elección que entiendo, porque yo comí carne durante 34 años, pero no es éticamente indistinta, porque las víctimas, los animales que son comidos, no tienen oportunidad de evadir el destino horrible que les imponemos con esa decisión.
Más de 100 millones de animales viven, en este momento, en granjas y ganaderías industriales, amontonados en cobertizos sin ventana, algunos encerrados en jaulas tan pequeñas que no pueden moverse.
La mayoría de los franceses “deciden”, cada día, comerse a tres millones de animales, que son cargados a la fuerza en camiones, transportados por nuestras carreteras, en las malas condiciones que conocemos, empujados a la fuerza por picanas (garrotes de choques eléctricos) cuando no quieren avanzar, o tal vez arrastrados por las patas cuando ya no son capaces de caminar hasta la sala del matadero. Estas fábricas de la muerte están escondidas lejos de nuestros ojos, a cuya luz nunca saldrán.
El artículo 4 del decreto ministerial francés del 12/12/97 sobre los procedimientos de matar a los animales en los mataderos, nos deja libres de elegir el modo de matar entre:
– Pistola o fusil,
– Exposición al CO2 (dióxido de carbono)
– Caja de vacío,
– Dislocación del cuello,
– Electrocución,
– Inyección o ingestión de una dosis mortal.
¡Pero tranquilos! El anexo 4 precisa que “los materiales utilizados para matar a los animales no deben estropear ninguna parte consumible de los mismos hasta el punto en que sea inadecuada para el consumo”.
Sin embargo, cuando los polluelos son demasiados para ser convertidos en máquinas de poner huevos, el artículo 7 autoriza que sean apilados vivos en una bolsa de plástico y que se haga avanzar sobre ellos una excavadora para aplastarlos.
Todo esto sucede porque los hombres quieren comerse a los animales. Por lo tanto, ser vegetariano por compasión con los animales es como ser objetor de conciencia.
¿Podemos, sin ser tachados enseguida de extremistas, sugerir a quienes todavía los comen, que se trata de una práctica totalmente innecesaria para su salud, y que también ellos podrían negarse a colaborar en la matanza? ¿podemos siquiera plantear la pregunta?.
Llegado el día, descubrirán, como nosotros lo hicimos, que un plato lleno de intestinos de pollos o de trozos de músculos de vacas es un horror; que se tuvo que pagar un enorme precio en sufrimientos y en muertes por su mero placer (por cuya ausencia nosotros no sufrimos) de consumir un trozo de carne.
Creo que en un futuro será evidente para todos que a una vaca, a un pollo o a un cerdo, no se los debe matar, tanto como hoy resulta claro que el gato de la familia o un ser humano no reciben ese tratamiento.
Tengo confianza en que entonces los hombres se preguntarán cómo pudo ocurrir todo eso en una época que se veía a sí misma como civilizada. Sabrán, y estamos orgullosos de ello, que algunos hombres, con su comportamiento diario y su presencia aquí hoy en esta tercera fiesta del Orgullo Vegetariano, supieron decir “no” a esta barbarie, y contribuyeron a que nuestra sociedad fuese un poco más civilizada.
Antoine Comiti
acomiti@yahoo.com

(París, 17 de mayo de 2003)
(Traducido del francés al castellano por Camille Rosier y Damián A. Fernández Beanato)

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