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Dejaría la carne, pero…

Podríamos decir que con los sonidos e imágenes que flotan ahora en el ambiente, las personas ya sospechan de forma clara que los animales no se comen. Que lo ignoren cobijados en la tradición o en la comodidad de su círculo social es otra cosa. Pero que en el fondo saben, saben.

Por eso muchas de las preguntas que surgen sobre el tema, no son en rigor dudas reales sino más bien disculpas, para alargar la conversación, para posponer la decisión.

Es cierto que podemos sentir temor ante el cambio, pero cuando analizamos nuestra duda, a la luz de todas nuestras demás acciones nos damos cuenta lo poco fundamentada que es: ¿Por qué no dudamos de las nuevas gaseosas? ¿De inventos recientes como las comidas empaquetadas, los enlatados, o los dulcecitos con empaque colorido? Pasamos de largo ante cosas realmente truculentas y de trasfondo oscuro, como las cremas, los planes de crédito, los tratamientos antiarrugas o los campeonatos deportivos, por mencionar sólo algunos.

Seamos sinceros, no somos tan exhaustivos, nos basta una buena recomendación y listo. La pregunta entonces es: si no somos tan dudosos en lo que es malo ¿por qué nos da por serlo en lo bueno? La respuesta esta clara: excusas para aplazar lo que en el corazón ya se sabe. Pensemos no más en ese interés repentino por las proteínas, cuando por años comimos sin que nos interesara el asunto.

Esas ganas de saberlo todo para tomar buenas decisiones puede ser una simple manía que sirve como obstáculo. No somos así. Cuenta la historia de la iglesia católica de un tal José de Cupertino, famosos por su “escasa formación escolar”, rechazado por los franciscanos y expulsado de los capucinos, a pesar de su impecable devoción. Cuentan que sólo sabía explicar de toda la biblia la parte que decía “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús” justo el que le preguntaron en el examen definitivo para ordenarse. Con el tiempo fue nombrado santo demostrando que el buen criterio y conducta no necesitan de una erudición de fondo.

Es más, en algunos casos es al contrario, si pensamos, por ejemplo, en cuánto conocimiento e investigación son necesarios para construir horrores como la bomba atómica.

De todas las personas vegetarianas o veganas que conozco, la gran mayoría no tiene un conocimiento exhaustivo del asunto de las proteínas, ni se gastaron años o meses planeando su nueva dieta. Simplemente dijeron esto viene del sufrimiento animal y además no me hace bien a la salud. Y siguieron comiendo lo que comían antes sólo que sin carne, y descubrieron que el mundo alimenticio no se acaba si no hay carne, al contrario: se amplía, y siguieron con sus granos, verduras, frutas, todo lo que puedes encontrar en tu mercado favorito sin tener que ir a la sección de carnes.

Está bien saber de proteínas, no sobran lo conocimiento de nutrición, claro que hay vegetarianos y veganos que se alimentan mal también, pero nada de esto le quita al hecho de que comer carne sólo empeoraría las cosas, ni debe servir para poner trabas en el siguiente paso más evidente.

¿Dejar la carne es así de sencillo? Sí, así de sencillo, es cuestión de decidirlo no más, es cuestión de ser coherente con nuestro supuesto amor por nuestro gatico. Es ser coherente con nuestra propia economía, con la gente que no tiene que comer, con el medio ambiente, y en general, casi que con cualquier otra preocupación más o menos noble que podamos tener. Esas buenas intenciones que se ven opacadas y contradichas cuando ponemos (o dejamos que nos pongan) carne en nuestro plato.

Alejandro Arango

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