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Cambiar nuestra relación con los animales ¿capricho adolescente o realidad mundial?

La FAO y la ONU se meten con nuestro plato.

Crecimos comiendo carne. Esto es una realidad que ha marcado nuestras familias. Nuevos hogares sin carne empezarán a darse de forma extendida, quizás, en los próximos 5 o 10 años, cuando la horda de jóvenes que ya no comen carne tenga sus respectivas familias. Mientras tanto, por física tradición, lo nuestro ha sido la carne, y, como un subproducto el enfrentamiento.

De un lado tenemos al nuevo individuo que ya no come carne quien tiene que soportar burlas de tíos “Ah, es que éste come sólo paisaje“; supuestas inocencias de la abuela “coma mijito que yo le saque la carne, coma que eso tiene sólo la sustancia“; y la confabulación entre mediocre y orgullosa de alguna tía o madre “Yo también soy vegetariana, yo como mucho ensalada“. Por el otro lado los consumidores de carne tienen que aguantar también más de un sermón y la mirada por encima del hombro del vegetariano o vegano orgulloso, porque de todo hay.

Así, tenemos un pasado en el que crecimos comiendo carne y un presente en el que vivimos enfrentados. La pregunta es: ¿qué viene para el futuro?. Nadie lo sabe, pero por los indicios de los últimos tiempos podríamos sospechar hasta que lado se inclinará la balanza. Nos referimos concretamente a los dicho por la FAO y la ONU.

En el 2006 Henning Steinfield, jefe de la Subdirección de Información Ganadera y de Análisis y Política del Sector de la FAO, y uno de los autores del famoso estudio “La larga sombra del Ganado“ declaró: “El ganado es uno de los principales responsables de los graves problemas medioambientales de hoy en día. Se requiere de una acción urgente para hacer frente a a la situación“. Por su parte la ONU, en voz del doctor Rajendra Pachuari, presidente del Panel de Expertos del Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC) habla abiertamente sobre como el consumo de carne tiene un impacto negativo y directo sobre el medio ambiente y apoya todas las campañas que desanimen esta práctica.

Estos datos aparecidos algunos años atrás, han sido repetidos desde entonces por los activistas (y haría falta repetirlos más), pero quizás ni ellos mismos han podido medir la importancia de tales argumentos. El hecho de que organizaciones internacionales de tal peso den respaldo a lo que algunos pueden interpretar como una causa adolescente y marginal, ponen la discusión en otro plano.

Alguien puede decir, pero las organizaciones internacionales no se les puede creer mucho, son como buena parte de la famosa comunidad científica, que aunque goza de gran prestigio, muchas veces sólo dice hoy lo que va contradecir mañana, y tiene razón: la misma FAO, en sus informes hacen muchas veces el papel de la chilindrina y como dicen una cosa dicen otra. En el 2002 tienen otro informe celebrando la ganadería, y así…

Pero más allá de esto, el tema de la FAO y la ONU tienen un impacto moral. Y cuando decimos impacto moral, no queremos dejarlo en algo simbólico, o de honor, el que sabe de batallas sabe que la moral de las tropas puede hacer perder o ganar una guerra.

Para bien o para mal, lo que dicen las instituciones de este tipo tienen su impacto en la fe y en la cabeza de la gente en general. No es lo mismo un argumento en favor de los animales en la boca del activista Pepito Pérez, a un informe de la ONU sobre el mismo tema. Por ejemplo, muchos de los esfuerzos de parte de los activistas por denunciar las malas prácticas de una empresa como McDonals, son insignificantes frente al impacto que puede tener el hecho de que James Oliver, el famosísimo chef, les haya ganado una demanda. La diferencia es importante, incluso más allá de que el mismo Oliver coma carne.

No se trata de desmeritar el trabajo de los activistas más bien, cuando ocurren pronunciamientos o actos de famosos, los activistas deben tomar esto como uno de los efectos de su esfuerzo. Claro, para ellos cada consciencia individual que cambie es la máxima recompensa, así sea que el hijo del vecino ya no come carne los lunes, pero si alguien más se suma, y encima tiene influencia social, pues más que bienvenido.

Tanto lo uno como lo otro es necesario, es parte del proceso, los activistas dan con el problema y quieren anunciarlo, la sociedad los ve primero como marginales, para luego poco a poco (ayudados por los pronunciamientos de los que ellos consideran importantes), ir aceptando e haciendo como suya la causa, hasta, como resultado final, ver promulgadas nuevas leyes, que es la forma en que se reafirman estas convicciones colectivas (cuando todo marcha bien). Ecuador, México para hablar de algunos vecinos, y nosotros mismos acá en Colombia con la ley 1638 del 2013, son algunos ejemplos de hasta qué nivel la causa de los animalistas ha calado.

Así que el círculo se está cerrando, y cómo decimos ni los mismos activistas se dan cuenta, ya están tan seguros por su propia experiencia de vida y sentido común, ya tiene tantos ejemplos de famosos como Moby, Myke Tyson, Clinton, de genios de la historia como Eisntein o Leonardo Da Vinci, que los informe de la FAO o los pronunciamientos de la ONU vienen a convertirse en otro argumento más. Pero no es así, si juntamos todo esto lo que tenemos queda claro, de una vez por todas, el momento histórico que vivimos, ahora la tortilla se cambió. Ahora la típica conversación entre quien no come carne y su amigo. Ya no es: “Uy, ¿cómo, usted no come carne, cómo así? “. Ahora es “Uy, ¿cómo, usted todavía come carne, cómo así?

Miguel Rodriguez

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