Supongamos que una raza superior a la nuestra invadiera la Tierra, nos sojuzgara, nos utilizara para cometer experimentos científicos con nuestros niños, extirpándoles el páncreas o la glándula tiroides o les inyectara células cancerosas para ver qué pasa; o sea lo que hicieron los médicos nazis en los campos de concentración con los judíos.
¿Qué diríamos, quien haría caso de nuestros gritos y aullidos, del horror que sufrirían los padres o novios de los sufrientes?
Esto es exactamente lo que pasa en los países avanzados de nuestro planeta con los perros, cobayos, conejos y monos. No sólo en las naciones científicamente más destacadas, también aquí.
Millones de indefensos animales sufren y mueren cada año en hospitales y centros de investigación de todo el mundo y cientos de miles de estos sacrificios se realizan en nuestro país. Diversas especies son envenenadas, infectadas, contagiadas de cáncer y sometidas a cirugía experimental.
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