En tiempos de calentamiento global muchos piensan en el control de emisión de gases, en el concepto de desarrollo sostenible, en el cuestionamiento de los más arraigados hábitos de consumo, en la tala y reforestación, en el impacto del comercio internacional, en el exponencial crecimiento demográfico y en la fragilidad de los recursos naturales (especialmente de la fauna).
Sin embargo, pocos evidencian que detrás de todo este flagelo que pocos o muchos se proponen conjurar, existe una profunda cuestión ética. No se trata sólo de un asunto que le concierna entonces a las organizaciones (públicas o privadas) pues la ética se predica del hombre individualmente considerado. Es la suma de acciones lo que redunda en una determinada “política de estado” o en una particular “estrategia corporativa”. Detrás de cada acto (por cotidiano y ordinario que este pudiera parecer) se adivina una forma de habitar el mundo y de hacerse cargo de los problemas que el homo sapiens hoy se propone amainar.
Nuestros hábitos de consumo y alimentación reflejan pues, esa forma de habitar el mundo, de interpretar lo que los latinos en otrora denominaban “natura”, lo que los antiguos pueblos celtas y especialmente los aborígenes, veneraban y sacralizaban. “Me alimento, luego existo”, ¿pero cuantos piensan antes de alimentarse? ¿Cuál es la relación entre alimentación, ética y medio ambiente? Antes de proceder a adentrarnos en sofisticadas cuestiones de filosofía moral, empresa que no podría abordarse con suficiencia en este articulo, quisiera partir de algunos hechos que el lector sabrá mensurar.
Para nadie es desconocido que cientos de hectáreas de bosque son taladas cada minuto para ubicar ganado y que a su vez, este ganado es alimentado con más del 70% de los granos y cereales cultivados en todo el orbe. En el 2006 un reporte de Naciones Unidas dio a conocer al mundo el grado de devastación de bosques generado por la industria de la carne. Las vastas extensiones de cultivos para alimentar el ganado, requieren de cantidades masivas de agua y suelo, de hecho, se estima que el 80% de las tierras cultivadas de los Estados Unidos y el 50% de su agua se emplean directamente en la cría y levante de ganado de carne.
Los animales de granja producen 130 veces más excremento que toda la población humana de los Estados Unidos, generando polución en el aire, el agua y destruyendo el subsuelo. Todo este desperdicio en nombre de un hábito de consumo que en nombre de la razón debemos reconsiderar. Este ejemplo se reproduce a escala en cada país. Comer o no comer carne, no es cuestión de “gusto” es cuestión de ética.
Lo anterior sin considerar los horrores que en una cadena de producción y distribución del dolor del “otro” (si nos abstenemos de realizar una distinción especista). En los últimos dos siglos, las reivindicaciones éticas y jurídicas a propósito de los derechos de los animales o de las obligaciones del hombre para con ellos han permeado diferentes corrientes filosóficas, religiosas y políticas. El reconocido movimiento de la “liberación animal” iniciado por el célebre iusfilósofo australiano Peter Singer, y quien parece haber retomado el utilitarismo ético de Bentham y de Mill para introducir pertinentes cuestiones que en otrora inspirasen los movimientos de reivindicación de los derechos de género y la abolición de la por mucho inveterada institución de la esclavitud. Esta vez introduciendo al ser humano no como dominus del cosmos (en el sentido griego del término) sino para situarle como un primus inter pares frente a las especies no humanas.
De allí que no sólo la consideración del impacto medioambiental del consumo de la carne sea una de las piedras de toque de esta tendencia alimentaria que cada día adquiere más adeptos. Por fortuna, el hombre en gracia a su “razón” ha podido ser artífice de nuevas alternativas para su alimentación y no un mero peón de la costumbre, por más inveterada que esta sea. Depositario del logos e inspirado por la musa de la creatividad puede abstenerse de reproducir esta cadena de dolor y desperdicio que tiene en ciernes la existencia del mundo u sus criaturas (al menos tal y como lo conocemos).
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